«Quizás para muchos no sea la gran cosa y tal vez para muchos sea realmente una proeza, para mí es un sueño hecho realidad.
Lograr subir la montaña más alta de nuestra península era un objetivo incumplido y que me causaba cierta decepción personal, por no haberlo logrado en el primer intento.
Tenía que demostrar que a pesar de mi falta de condición física y precaria resistencia podía lograrlo porque también hace falta mucha mente y un gran corazón para hacerlo, además de caminar junto a compañeros extremadamente intrépidos y geniales guías que saben ser líderes, de excelente comunicación verbal y emocional, de prudente paciencia, solidaridad razonable y abundante camaradería.
¿Cómo describirles mi experiencia en esta expedición? Me enredo en mis palabras porque quiero expresar todo con pocas palabras pero no es suficiente y vuelvo a empezar…
Salí en la madrugada del Viernes 11 de Octubre de 2019 para encontrarme en la carretera con los primeros tres compañeros provenientes de Tijuana y Rosarito, e irnos rumbo a la Sierra de San Pedro Mártir, fue sensacional abordar el auto e iniciar la aventura.
Dormimos un par de horas allá en la Sierra, frente a la oficina de registros y ahí nos esperaban los otros tres compañeros provenientes de Tijuana…
Iniciamos la caminata de la expedición y empecé a sentir un cúmulo de sensaciones extraordinarias, alegría, temor, paz, incertidumbre, gozo, aprensión y más felicidad porque ahí estaba una vez más y mis compañeros y mis guías me lo habían dicho “esta vez, lo vas a lograr” y yo aún lo dudaba pero sonreía deseando que así fuera…
Logré evadir la revisión de mochila e iniciamos la marcha, paso a paso, controlando mi respiración y llevando en la espalda una mochila que pesaba unos 16 kilos sino es que más…
Habían pasado unos 40 minutos cuando el guía principal me pregunta cómo me encuentro y respondí que bien, pero el decide revisar mi mochila y que descubre que llevaba cargando 5 litros de agua congelada, un recipiente lleno de gajos de naranja y dos recipientes con uvas. Inmediatamente me pidió que compartiera naranja y uvas y dejamos resguardados los recipientes y tres litros de agua… Pfff reiniciamos la marcha y obviamente yo mucho más ligero y más contento y así avanzamos hasta llegar a la cuneta, frente a la montaña Botella Azul, la segunda montaña más alta, ahí tomamos alimentos y descansamos para continuar ahora en descenso, hacía Campo Noche, al pie del Picacho del Diablo.
Los descensos siempre me han parecido más fáciles y por lo tanto los realizo en menor tiempo, no así éste, que me parece riesgoso en varias zonas, pero logré hacerlo, con total precaución y siempre con el cuidado de todos con todos llegamos al lugar esperado, yo con la incertidumbre de definir si me despertaría para ir sobre la cima añorada o mejor me quedaba en el campamento; me sentía bien, tranquilo, seguro pero había algo que me inquietaba y era eso, y me decía para mis adentros, “Dado, no vas a poder, no traes condición física, vas a hacer lento el ascenso de tus compañeros y hasta incluso puede fracasar todo el grupo por tu culpa, no vayas”.
La noche estaba hermosa, la luz de la luna, el sonido del agua que caía a la poza y la que corre en el arroyuelo, un ligero viento…
Desperté con la voz de alarma para que todos nos despertáramos y ya con la motivación de mis compañeros me decidí a subir.
Un poco lento, pero logré llegar a la cima, bien, feliz, sin cansancio ni agitado, a mi ritmo y escoltado por todos los expedicionistas.
Disfruté mi tiempo en la cima, mis ojos estaban felices por contemplar esos paisajes que pocos logramos observar, mi corazón latía normal pero se sentía emocionado, y mi mente me decía “ves Dado, si pudiste” y observaba a mis compañeros felices, solidarios y amistosos y yo volví a reír emocionado.
No me importaba en ese momento el tener luego que bajar de ahí y al día siguiente tener que salir del cañón con gran dificultad y bastante peso sobre la espalda, si lo anhelado ya lo había conseguido. Ya estaba ahí porque la cima del Picacho del Diablo me traía locamente maravillado, me había conquistado…
Uno de los mejores días de mi vida, el sábado 12 de Octubre de 2019, ahí estaba yo, con todo y mis deficiencias y mis excesos, triunfante como los grandes, aunque la montaña me hiciera sentir muy muy pequeño.
El regreso fue fácil con el apoyo de los jóvenes guías y mis amigos montañistas.
Al día siguiente logré salir del cañón, lento pero seguro, descansando cada ciertos cuantos pasos y fue mucho más fácil llegar al lugar de inicio, que felicidad llegar a los autos y dejar atrás el lugar de aventura que tanto estuve añorando…
Algo hay en mi que me hace insistir, no sé si es necedad, terquedad, o amor a la montaña y mis ganas de estar ahí y he de intentarlo hasta lograrlo.
Me gusta romper mis propias barreras físicas, mis propios obstáculos mentales y lograr objetivos personales.»
Por Everardo Sánchez Ruiz